
Esa extraña complicidad que dan las conversaciones que nadie entiende.
-Nosotros tampoco las entendemos muy bien, mi querida amiga-
Le dije mientras lo cotidiano se nos volvía extraño.
Dos pájaros de plata volaron sobre la torre.
-Lo ominoso- pensé en silencio.
-El destino- me respondió antes que dos paracaídas cayeran de una estrella oscurecida por el sueño.
La ví de reojo; la magia que le concedieron antes de nacer.
Un buen día, cerca de un café en París, decidió renunciar a ella.
Su último conjuro, fue un cadáver infinito que robó Tristián Tzara.
No le gustaban los pescados solubles,
solo se alimentaba de algas doradas y polvo de estrellas.
A veces un viruta de fuego, se le dibujaba en los labios, pero pronto desaparecía.
La maga que no quiere ser maga…
A veces la oscuridad del anonimato permite decirse cosas de mejor manera.
-Algunos magos han muerto de ciudadanía, según pude entender-
Me dijo la última vez que le vi.
Nunca volví a saber de ella, dicen que un buen día decidió regresar…
Se reconcilió con su magia, ahora vive en una cueva de musgo azul,
junto a una anémona y un caballito de mar.
2 comentarios:
Es imaginación y es magia, la cueva es verde azulado y a su lado el caballito de mar se pone a cantar y la arrulla con un laúd.
Probre maga tan dichosa.
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